Cuando la naturaleza sufre un accidente, el PERM entra en acción
Imagina por un momento que una tubería se rompe en una gasolinera y el combustible empieza a filtrarse al suelo. O que un camión que transporta mercancías peligrosas tiene un accidente y derrama parte de su carga. O que un incendio en una nave industrial provoca vertidos que afectan a un arroyo cercano. ¿Quién se hace cargo de estas situaciones? ¿Quién limpia, repara, restaura lo dañado?
Por desgracia, este tipo de accidentes ocurren más a menudo de lo que pensamos… y pueden causar un daño serio al medioambiente. Para eso existe el Pool Español de Riesgos Medioambientales (PERM). Esta institución ejerce de “gran red de seguridad verde”. Está formada por 16 aseguradoras, varias reaseguradoras y el Consorcio de Compensación de Seguros. Su misión es sencilla de explicar, pero compleja de ejecutar: ayudar a las empresas a responder cuando ocurre un accidente contaminante y asegurar que el medioambiente se recupera.
Lo interesante del PERM es que no sólo cubre los daños que pueda sufrir un tercero por culpa de la contaminación. Va más allá: también cubre la reparación del propio entorno natural. Esto incluye suelos, ríos, acuíferos, playas, riberas, hábitats protegidos… Es decir, cualquier recurso ambiental que resulte afectado. Y aquí viene lo importante: muchas actividades económicas están obligadas por ley a contar con una garantía financiera para estos riesgos, que a menudo se materializa precisamente con un seguro del PERM.

La actividad del pool en sus 30 años de vida revela que los siniestros más frecuentes proceden del transporte, de empresas de gestión de residuos, de estaciones de servicio, de comunidades de propietarios con depósitos enterrados y de distintas actividades industriales. Entre las causas más habituales se encuentran vertidos accidentales, fallos de componentes, incendios o accidentes en el transporte de mercancías peligrosas.

Y cuando ocurre uno de estos incidentes, la factura y el tiempo necesario para dejarlo todo como estaba pueden ser enormes. Hay casos reales que ayudan a entenderlo: la rotura de una conducción en una estación de servicio puede requerir años de actuación; un incendio en una instalación de residuos puede superar fácilmente los dos millones de euros; un accidente de transporte de combustible puede costar casi medio millón; y un derrumbe en un vertedero puede prolongar su recuperación durante siete años. Son intervenciones costosas, largas y técnicamente exigentes, en las que el PERM acompaña y aporta la capacidad financiera y técnica necesaria para restaurar el entorno.
Gracias a su existencia, las empresas pueden afrontar estos riesgos sin poner en peligro su estabilidad económica. Entre tanto, la ciudadanía tiene la garantía de que el daño medioambiental será reparado de forma correcta y supervisada. El PERM es, en realidad, una pieza silenciosa pero esencial del sistema de protección ambiental español: asegura que, cuando algo sale mal, la naturaleza no queda desamparada y la responsabilidad se asume con rigor.
Un seguro que, aunque no lo veamos, nos beneficia a todos.

