7 casos de seguros increíbles pero ciertos - Blog I Estamos Seguros

7 casos de seguros increíbles pero ciertos

Los seguros existen en todo el mundo y lo protegen prácticamente todo desde hace cientos de años. Partiendo de esta premisa, no es de extrañar que a lo largo de la historia del seguro hayan ocurrido casos de lo más variopinto. Aquí hemos recogido ocho situaciones que parecen increíbles pero que son purita e hilarante verdad.

1. El asegurado abducido

Un bróker de seguros en Estados Unidos, aparentemente en un rasgo de humor, emitió en cierta ocasión una póliza que otorgaba cobertura para el caso de que el asegurado fuese abducido por los extraterrestres (ni siquiera se especificaba cuáles). La cosa parece que no terminó bien: una persona que había comprado la póliza reclamó el siniestro.

2. Las piernas imperfectas de Heidi Klum

La supermodelo Heidi Klum decidió un día, como otras muchas compañeras de profesión, asegurarse las piernas. El objeto asegurado fue meticulosamente inspeccionado por el asegurador elegido, con el objeto de valorar el capital que estaba asegurando. La sorpresa se la encontró Heidi cuando, al recibir la propuesta de seguro, se percató de que una de sus piernas se había valorado ligeramente por debajo (unas 100.000 libras) que la otra. La mayoría de los admiradores de Heidi Klum nunca se han percatado de ello; pero, efectivamente, la modelo tiene una pequeña cicatriz en una de sus piernas.

3. La fallida operación de marketing de Alfonso XII

A finales del siglo XIX, a un asegurador de vida español se le ocurrió que la mejor forma de hacerle publicidad al seguro de vida, entonces poco frecuente en nuestra sociedad, sería pedirle al rey que se hiciese uno. Alfonso XII encontró la idea magnífica y, de hecho, se hizo un seguro de vida que fue ampliamente publicitado. La operación aseguradora, sin embargo, tampoco salió bien: el rey murió poco tiempo después, sin haber llegado a cumplir los treinta años.

4. Los visionarios del seguro de auto

La primera vez que se estableció el seguro obligatorio del automóvil (de carruajes, entonces) fue en París en el siglo XIX. Y fue automáticamente declarado ilegal por un tribunal. Los jueces dictaminaron que la existencia de un seguro obligatorio del automóvil impulsaría a los conductores a ser negligentes.

5. El «por si acaso» del Lago Ness

Una famosa marca de whisky, escocés por supuesto, decidió un día hacerse una campaña de marketing a base de publicitar una recompensa de un millón de dólares para aquél que lograse capturar al conocido como monstruo del Lago Ness. Cuando ya habían lanzado la campaña, los ejecutivos comenzaron a calentarse la cabeza con la posibilidad de que, finalmente, el monstruo existiese y alguien lo capturase; así pues, decidieron asegurar el premio. La aseguradora puso una sola condición: si alguien capturaba algo, ese algo debería ser revisado y certificado por los expertos del Museo escocés de Historia Natural. Nessie, a día de hoy, no ha sido todavía capturado.

6. El seguro frente a la buena suerte de tu plantilla

El único seguro que existe contra la eventualidad de no ganar nada en la Lotería es no jugar. Pero, aunque te parezca increíble, sí que existen seguros que te protegen contra la eventualidad de ganar la Lotería. En algunos mercados, efectivamente, se ofrece a los empresarios seguros que los protegen contra la eventualidad de que dos o más de dos trabajadores a sueldo (no puede ser uno solo, normalmente) ganen un premio en la Lotería y decidan abandonar la empresa inopinadamente. El seguro cubre la contratación de suplentes y otro tipo de cosas para tapar el agujero.

7. El informe que ni el jurado entendía

El 11-S provocó un agrio conflicto judicial en Nueva York. Las dos torres gemelas estaban aseguradas sólo por la mitad de su valor (o sea, el valor de una sola de ellas). Ese valor, en todo caso, operaba por siniestro. Por eso, la Autoridad Portuaria de Nueva York argumentó que el atentado habían sido dos atentados, mientras que las aseguradoras consideraban que sólo se había producido un percance. En el consiguiente juicio, los argumentos de ambas partes eran tan técnicos y rebuscados (al parecer, el procedente más usado se refería a un accidente ocurrido en el metro de Nueva York cien años antes), que el jurado tuvo que solicitar una reunión con el juez… para que les explicara qué narices estaban juzgando.